• Julieta Díaz Barrón

San Luis Potosí: capital de la nobleza.

Corre un aire frío invariablemente en las mañanas. Recorre las canteras rosas, los pisos ocres, las esquinas con nichos de bajorrelieve, los templos, casonas y edificios. Anuncia que viene el Sol, que comienza otro día y se dedica a inundar todas las plazas. La luz que anega la capital solo puede ser rivalizada por la sombra que brindan con paciencia y sabiduría los pirules, eucaliptos, las jacarandas y los truenos. Pasa el día y ese mismo aire fresco, sabio y constante llega cuando el cielo al atardecer se hace casi violeta. Ese es el mismo aire que anuncia la vida quieta, tranquila y ordenada de la capital de San Luis Potosí.



Ciudad Patrimonio Nacional declarada en 1990 por el INAH. Ciudad en la que perderse no es sinónimo de desorientarse, sino de aprender, de quedar prendado, de calmarse. Perderse en sus callejones angostos de cantera en el centro y no saber por dónde ir de tanta riqueza que la caminata descubre. Pero si de decisiones se trata, se puede iniciar con el jardín de San Francisco antes de haber comprado un chocolate. Doblar en cualquier esquina y sorprenderse porque las casonas señoriales siguen guardando secretos y silencios austeros y ricos a la vez.


San Luis Potosí es la capital de la nobleza. No solo por sus edificios, no solo por su gente. Es por la condición inigualable de grandeza y sencillez cuya combinación no tiene igual en México. Pocas capitales están tan dotadas de tanto caudal arquitectónico sin alarde. La histórica sencillez del potosino que sabe como nadie guardar silencios o más bien decir poco, apenas nada, de todo lo que conoce, de todo lo que sabe.



San Luis, como se le conoce con cariño, tiene un centro histórico hecho para caminarse. Los pasos pueden ser pausados y pueden apresurarse. Sea como sea, habrá que tener paciencia. Otra parada indispensable es el jardín de San Juan de Dios. Pasar por ahí para visitar su templo y aguardar el sonido de la tarde o de las personas, devotas, que lo visitan. Salir a la deslumbrante tarde para visitar el Museo Federico Silva y entender las innumerables maneras en las que la piedra se hace arte por obra de la mano escultora. Sentir que el tiempo se detiene frente a su fachada que otrora aguardara un hospital, el primero en su tipo en muchos kilómetros a la redonda.


Adivinar esas historias y tantas otras mientras, con paso decidido, se llega hasta la plaza de los Fundadores y se ve la imponente fachada neoclásica de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Asentada en donde otrora se fundara el Colegio de la Compañía de Jesús. Adivinar en sus frescos muros, en su patio interior, esa decisión que la hizo convertirse en la segunda universidad autónoma de todo México. Seguro que en el andar ya se habrá escuchado más de una campana de alguna iglesia, ¿a cuál ir ahora? Dejémoslo para el final de este recorrido de la mente, para antes pasar por la arcada inmensa del Edificio Ipiña. Conjunto que no tiene símil en otra ciudad. Casi se puede adivinar el pensamiento del Arquitecto Octaviano Cabrera cuando pensó el inmueble como una combinación que en ese entonces no se conocía: comercial y departamental. El pasillo es recordatorio de ese aire fresco de las tardes, de esa sombra tan ansiada para resguardo de los caminantes.


Ahí, se podría optar por continuar por toda la Avenida Carranza. Pero eso quizás sea materia de otra tarde. Quizás sea hora de cerrar esta primera travesía por la grandeza potosina. Opciones sobrarían. Un café con leche en la Parroquia o mejor seguir hasta la Plaza de Armas. Optamos por lo segundo, para poder tener la oportunidad de admirar la Catedral. Armonía barroca de techos altos, de grandeza y discreción. Oler el copal, observar la danza quieta de las infaltables veladoras. Salir de ahí y guarecerse bajo la sombra de un pirul para aguardar al viento que anuncia que ya ha caído la tarde.


Y decidir quedarse ahí, viendo de frente la casa de Don Manuel Gándara, hoy conocida como la Casa de la Virreina. Imaginar cuando en 1736 se levantó por primera vez. Tratar de no distraerse con los comercios modernos que hoy la habitan para adivinar lo que sus gruesos muros y su imponente fachada delatan y guardan con el paso de los años. Una historia que comenzaba y comienza con dignidad y con certeza. La misma que nos dice que San Luis es una ciudad para caminarse y entenderse. Sin hipérboles, sin aspavientos, sin famas desproporcionadas. San Luis es la definición única de la nobleza. San Luis es grandeza con sencillez.


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